lunes, 7 de diciembre de 2009

Una de tantas huídas











Desde que abrí los ojos respiré esa sensación de que todo tenía que ser diferente, de que cada minuto que pasara en el día tenía que ser sólo para mí y de nadie más.
Me levanté temblando de frío, ya era un poco tarde, así que no tenía tiempo para calentarme un poco antes de meterme a bañar. Me puse las sandalias de baño y abrí la llave de la regadera, así, con esa frialdad tan violenta. Mientras salía el agua caliente, miré mi rostro en el espejo, estaba limpio, inocente, hice unas cuantas muecas y me metí al chorro de agua, el frío me calaba hasta los huesos después, el pequeño cuarto se llenó de humo, entonces no quería salir de ahí. Sin pensarlo, ya estaba secando mi cuerpo y de nuevo estuve frente al espejo, lo limpié con la mano y volví a mirame; ya me había purificado, yo misma me veía cristalina, con un sin fin de colores transparentes.
Me vestí rápido y salí corriendo, llovía fuerte, a como pude crucé la avenida y después el estacionamiento del supermercado, tomé el autobús rumbo a mi trabajo. Me recargué en la ventana, las calles, las tiendas, los árboles se presentaban como la secuencia del tren de la película de Reygadas, donde se acerca al clímax. Mi desesperación aumentaba. Entré al parque. Para llegar a la oficina tengo que caminar un tramo bastante largo, mis pasos eran fuertes y firmes. Por fin entro, dejando el paraguas en la entrada para no mojar el piso; registro la hora de entrada y subo las ecaleras aprisa para no saludar a nadie.
No me sentía bien, mi jefe me llamó para que fuera a trabajar a la Fototeca; respiré aliviada. De pronto se me ocurrió pedirle que si terminaba el trabajo podía irme temprano, aceptó y ya me fui más contenta.
Al terminar el trabajo, salí rápidamente del parque, tomé un taxi directo a la Central de Autobuses; quería irme, pero no sabía a dónde, tampoco traía mucho dinero ni ropa para quedarme a dormir en algún lugar, además al día siguiente tenía que ir a trabajar. Me dirigí hasta la última sala de la Central, donde se venden los boletos de los autobuses amarillos y azules. Me paré en el mostrador, el señor que atendía me preguntó "¿a dónde quiere ir?" Vacilante, y viendo los letreros de salidas, le contesté: "A Santiago, voy a Santiago".
Santiago, Nuevo León, no está muy lejos de la ciudad de Monterrey, sólo se toma la Carretera Nacional y ya de ahí se llega pronto. Hay atracciones que ya son paseos obligados para un regiomontano como la Presa de la Boca, antes de llegar están Los Cavazos, más arriba La Laguna de Sánchez, Matacanes, etc., pero con la lluvia y mi condición de solitaria, no me quedaba más que ir al centro del municipio, darme una vuelta por la plaza principal y visitar su iglesia.
El autobús donde me subí iba a General Terán, así que tuve que bajarme sobre la Carretera Nacional y caminar y camianar para llegar a la plaza. Había dejado de llover, a mitad de camino, recibí un rayo de sol, abrí toda la cortina azul del autobús, cerré los ojos y disfruté en mi cara esa hermosa luminosidad que el día nublado me regalaba, al dar la vuelta ese rayito se había esfumado del cielo, pero mis manos y mi rostro todavía estaban tibios de sol.
Casi no había gente en las calles, olía a humedad, yo caminaba buscando la plaza, ya había recorrido bastante y no encontraba nada. Vi a una viejita que apenas si podía caminar, la miré, me pareció muy bonita, pensé que si vivía en un lugar tranquilo podía llegar a esa edad todavía con mucha fortaleza, y me dieron ganas de vivir ahí.
Algunas calles del centro histórico están empedradas y las banquetas son altas. Me topé con una carnicería, en la etrada había un camión en donde se transportaba la carne, un señor muy blanco subía trozos de carne muy pesados, sus mejillas estaban totalmente rojas. Me acerqué a él y le pregunté dónde quedaba la plaza principal. Con una amabilidad que me alegró, me orientó, todavía me faltaba mucho para llegar. Antes de irme, me pregunta: "¿de dónde vienes muchacha, por qué andas por acá con tanto frío?" "A conocer, sólo a conocer". Y me volvió a decir por dónde me tenía que ir, ahí me di cuenta que le faltaban dos dedos de la mano derecha.
Cuando me detuve en la plaza, con tisteza vi que estaba en restauración, de pronto pensé que tenía muy mala suerte; la lluvia, un lugar sin gente en las calles y la plaza en restauración llena de lodo. Sin embargo, esa sensación desapareció convirtiéndose en lo contrario.
Entré a la iglesia de Santiago Apóstol construida en 1741 la primera vez, después fue derrumbada y vuelta a construir en 1801, es de estilo colonial de un color amarillo claro. Adentro estaba oscuro, no había nadie, me senté en medio de la fila de bancas; me gusta mucho la paz de las iglesias y el crujir de las bancas, escuchar que el silencio murmura entre la altura de sus techos. Vi el hermoso órgano color ocre de la parte de arriba, me quedé meditando y descansando un poco, también lloré muy quedito para que no se oyera el eco de mi llanto.
Al salir, me detuve en un árbol y lo contemplé un momento, luego caminé por una calle empedarada hasta dar con el mirador desde donde se puede ver la Presa de la Boca; ese día sólo se veía la neblina, todo el cielo blanquecino como si estuviera ciego. También ahí me quedé un buen rato sintiendo el aire frío, respirando los árboles, oliéndolos. Bajé y me metí al Museo de Historia, que había sido el Palacio Municipal. En realidad, estaba muy pequeño y casi no había nada interesante, pero platiqué con la señora que trabajaba ahí, después del largo interrogatorio de por qué estaba ahí sola en un día de lluvia, si cuando está "bueno el clima era tan bonito"... Me contó que en una casona de enfrente, hoy Casa de la Cultura, había un túnel que iba a dar al Colegio que está a un lado de la iglesia y que lo usaron como salida en tiempos de guerra, también me dijo en qué lugar debía tomar el autobús de regreso sin tener que caminar tanto; "si aquí pasa enfrente de la plaza..." Lo que me dio más risa es que me aconsejó ir de vez en cuando en días soleados, así podía conseguir un esposo blanco, con ojos verdes como ella lo hizo en su juventud.
A un lado de la Casa de la Cultura había una pastelería. Me metí, pedí un café moka y un pay de manzana, el lugar estaba caliente, sentí delicioso ese calor, pues estaba tan helada, que ya hasta traía las manos moradas. Comí despacio, prolongando el tiempo para no irme. Después de un rato me dirigí a tomar el camión de regreso; estaba casi vacío, poco a poco se fue llenando en las paradas de pueblos vecinos, me recosté y le dije adiós a Santiago.