jueves, 10 de enero de 2008

Instante rojo

Ayer en la noche me corté un dedo cuando cocinaba; la sangre salía sin parar, fui por un trapo para limpiarme pero no lo encontré. Sin pensarlo, abrí la puerta y salí al balcón, me llevé el dedo a la boca: lo vi con los labios. Desnudé mi cuello, altivo y desafiante, cambió de color, latía, las venas se pronunciaron. LLegó él y ya no supe de mí.

lunes, 7 de enero de 2008

Una mentira dulce en invierno

Contra todos los comentarios de que la Navidad ya no es para nada una época de espiritualidad y de amar y que sólo es un pretexto para comprar y adquirir deudas; a mí sí me gusta la época navideña; me gusta imaginarme que recibiré algo especial en esos días, y no me refiero a un regalo material (aunque confieso que si me regalan un disco, libro o película, me siento feliz por un momento), me agrada la idea de ponerme ropa de invierno, caminar por las calles grises y sentir que amo por sobre todas las cosas y que no necesito más. Tal vez en esta época vivimos en una fantasía, la irrealidad en su máxima expresión, pero ¿acaso no la necesitamos? Es como un respiro a nuestra vida cotidiana. Lo mejor de la navidad de este año fue ver las caritas de mis sobrinas ante la sorpresa de sus regalos que les trajo el niño Dios (porque mi mamá les ha inculcado ese concepto), que en realidad fue mi hermana la que nos compró los regalos; era tal su felicidad y asombro que comprobé que existe la inocencia y la pureza en las personas. Casi sin darse cuenta, renovaron su fe con esta expresión: "El niño Dios todo lo sabe, cómo supo que a mi tía le dicen Chela Lora". (jejej, mi hermana me puso así en la tarjeta)
Esta época debería servir para reflixionar, sorperedernos, volver a ser niños y, sobre todo, presentarnos desnudos ante nosostros mismos como "el día que llegó Dios al mundo", para que, al siguiente año nos renovemos por completo.
Sí, los seres humanos necesitamos de la construcción de ese mundo mágico de la navidad, de esa mentira que nos hace felices.